Monday 18 october 2010 1 18 /10 /Oct /2010 20:59

El homo-complejus.

    Lo seres humanos hemos establecido a lo largo de nuestra historia  curiosas, complejas y sofisticadas redes para la comunicación  donde desenvolver nuestras relaciones de convivencia. Nos amparamos en complicados códigos orales, escritos, cibernéticos, gestuales, neurolingüísticas; “geniales sistemas y programas pensados para que nuestras vidas sean mas cómodas, nuestras expresiones más exactas  y nuestro entendimiento más amplio”. La humanidad ha conseguido todo esto en el transcurso de muchos miles de años, aunque solo represente algo menos de una sola noche si lo comparamos con la vida de nuestro extraordinario Planeta.

     Sistemas económicos y financieros de tamaña complejidad. Regímenes políticos diversos preparados para sofocar cualquier juego peligroso que atente contra los sistemas de intereses establecidos. Religiones nacidas para contentar nuestras temerosas dudas existencialistas. Avances tecnológicos capaces de mover cuantiosas cifras financieras en cualquier dirección de la Tierra y que cambian el destino del mundo. Armamento con potencial suficiente como para hacer desaparecer de la faz del planeta azul a la especie humana y a gran parte de la flora y fauna que lo hizo hermoso y milagrosamente bello en  el universo conocido.

     Los niños del llamado Tercer Mundo no conocen ni una décima parte de las marcas de chucherías, esas que nuestros queridos  nenes del Primer Mundo abandonan por empacho en cualquier poyete del acerado urbano. Es más, no creo que ni siquiera conozcan la existencia de las chuches. Por otro lado, una gran parte de los niños del mundo desarrollado es muy posible que piensen que la leche, los filetes, las lonchas de chacina y otras variedades de alimentos planchados al vacio en interminables folios de insufrible  y tortuoso plástico, “cuidadosamente higienizado”, salen de unas factorías donde milagrosamente los producen a granel. A todo esto, habría que añadir como desde nuestro nacimiento nos enseñan a considerar cosa natural el injusto, discriminatorio y pueril Orden Mundial, ese mundo en el que los magnates y modernos usureros eligen sus magníficos yates mientras el hambre, la enfermedad y el horror hacen estragos en las dos terceras partes del planeta.

    La alienación, el pasotismo, el abandono de los valores y la tendencia al consumismo desmesurado se han convertido en nuestras señas de identidad. La superficialidad, la falta de sencillez y el desprecio a la cultura y al esfuerzo intelectual hacen estragos en los senos de todos los rincones sociales. La Torre de Babel   está servida.

    Pero no hay problema, somos condescendientes y extremadamente “humildes” en cuanto a los designios desfavorables concierne,  porque ante todo lo que se nos va de las manos, siempre podemos añadir: “será porque Dios quiere que sea así “.

     No obstante, el actual divorcio entre el desarrollismo humano y la naturaleza no se está volcando precisamente a favor del primero. Como quiera que fuese, la humanidad se olvidó de hacer crecer esa sensibilidad intuitiva que lo comunicaba con las fuerzas naturales de la madre Tierra, y se lanzó desmesuradamente a la conquista de la ciencia y de la técnica, obrando y obrando sus grandes proyectos macro industriales al pairo de sus contradicciones sociales, de sus desniveles, de las  insuficiencias integrales que nos alejaban de conseguir el título de “seres superiores” del universo. Definitivamente la barbarie no ha vencido todavía, pero ha ganado muchas batallas. Comenzar a escuchar los gritos que la naturaleza emite desde la atmósfera, desde los océanos, desde los volcanes, desde los mares, desde los ríos, desde…en fin…cualquier grietecilla de la tierra, se está convirtiendo en una tarea prioritaria si no queremos ver a nuestros descendientes como culpan al “divino” de las atrocidades humanas. Y es que con esto de habernos subido a la cumbre de la cadena alimentaria, de sentirnos los dueños y señores de todo cuanto hay en la Tierra, con tanta complicada genialidad tecnológica que manejamos con desparpajo, es posible que se nos olvide lo considerablemente estúpidos que estamos resultando para la vida.

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Por Zalacaín
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