Comparte el artículo Un agradecimiento a las Dehesas de Guadix: Ya tengo cuarenta y siete años. Parece mentira. Como pasa el ...
Ya tengo cuarenta y siete años. Parece mentira. Como pasa el tiempo. Algunas veces, cuando estoy sereno y pensativo, recuerdo aquel tramo de mi niñez como si de hoy se tratara. Debía tener por entonces poco más de cuatro años, sin embargo no se me borrará nunca de la memoria. .Estaba con mi sobrino en la era, y unos muchachotes, me montaban en el trillo, donde me costaba bastante mantener el equilibrio, pero ellos se cuidaban de que no me cayera, me sentía seguro entre aquellos jóvenes sonrientes y atentos. Después, otro joven, me montó en su tractor; lo hizo para agradarme y que me divirtiese, a mi me picaban mucho las piernas, probablemente debido al polvillo de la cebada, me rascaba sin parar hasta que llegué a hacerme sangre, aquel joven me peleaba, pero yo no podía evitarlo. La tonalidad amarillenta del estío…la jovialidad del ambiente de trabajo…todo se grabó en mi mente.
Unas muchachas, atentas, risueñas y responsables me compraban ropa. Me vestían encima de un antiguo baúl que se encontraba en el primer cuerpo de la cueva, probándome una prenda y otra, llenas de generosidad y haciéndome carantoñas y mimos. Mi padre me paseaba de la mano por el pueblo, orgulloso, celoso de que no me pasara nada malo. Algunas veces su becerro venía detrás nuestra, como si de un perrito se tratase. Mi hermana Mª Jesús, me miraba siempre prolongando el tiempo, nadie mejor que ella me ha comprendido tanto solo con mirarme los ojos. Sabía lo que sentía, lo que quería, lo que pensaba sin que yo abriese la boca, incluso de mayor, las pocas veces que nos hemos visto. Sería tal vez porque era muy inteligente, o tal vez porque nació y se crió en circunstancias similares, o simplemente porque era mi hermana mayor.
Un día, una mujer muy seria, a la que yo tenía casi olvidada, por mi corta edad y porque las Dehesas se habían apoderado de mí, llegó al pueblo acompañada de la guardia civil. Me llevaron a la Casa Consistorial. La mujer era mi madre, me había buscado por cuantos lugares de Andalucía había sospechado, a veces había caminado hasta sangrarles lo pies, pateándose los pueblos más cercanos de Sevilla. Mi hermana y ella, hablaron durante un rato en una habitación, mi padre, mientras tanto, estaba sentado y apesadumbrado en un banco de madera en un lugar amplio del Ayuntamiento, cercano a la puerta. Las dos salieron de la habitación junto con otros hombres, uno de ellos se dirigió a mi padre, que era incapaz de levantarse. Mi madre se apresuró hacia el coche de la guardia, el agente me agarró para conducirme al vehículo, yo me aferré a los pantalones de mi padre, negándome abandonarlo, llorando y gritando, no comprendía porque me querían robar en un momento todo lo que me hacía feliz. En la puerta mis sobrinas lloraban tapándose la cara, había mucha gente, otras mujeres lloraban desconsoladamente, y también había muchos hombres que estaban muy serios, como consternados, cabizbajos. El guardia me obligó a entrar en el vehículo, que emprendió la marcha sin perder tiempo. Estuve llorando hasta que me quedé dormido de cansancio…Aquellas personas, no eran sólo mi familia. Erais todos. Era el pueblo. Un pueblo que se llenó de tristeza por un niño que nunca os olvidará. (Casiano Cerrillo Domínguez)
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